CABALLOS
Una de la tarde. Suena el timbre de casa. Desde hace algún tiempo cogí la costumbre de ignorar ese molesto ruido, pero dada la insistencia en la llamada y que, de pronto, caigo en la cuenta de estar esperando un jugoso pedido, contesto al interfono. El cartero. Mis discos directamente desde Nueva York. Me encanta la espera que transcurre desde que abro la puerta del portal hasta que me encuentro cara a cara con el mensajero. Me entrega un aparatoso paquete. Como un niño abriendo regalos el día de Reyes, el frenesí se apodera de mí y no logro atinar con un destartalado cuchillo para conseguir romper la celosa cinta adhesiva unida a la cajita de cartón. Mi hermana, presente en el acto conocedora de que en ocasiones éste adquiere visos de solemnidad, me advierte de la inutilidad del mencionado cuchillo y me aconseja, sabiamente como no, que pruebe con otro mucho más acertado para la dificultosa apertura. Yo, como en una nube hasta ese instante, descendiendo a la cruda realidad, asumo mi verdadera edad física y tomo conciencia del momento: es verdad, el cuchillo no vale; es verdad, no tengo 7 años ni es el día 6 de Enero. Por ello, consigo hacerme con uno mucho más apropiado y, por fin, consigo abrir el tesoro. La música suena alta en mi habitación. La música suena muy bien. Este fin de semana toca una buena dosis de Band of Horses y batidos de fresa. Vuelvo a sentirme otra vez un poco Benjamin Button...